Mongolia es espacio, espacio virgen. Es recorrer miles de kilómetros sin ver una gota de asfalto, sin ver una sóla valla. Es la tierra pura, inmensa, primigenia, sin las cicatrices de carreteras, canales, conducciones, tendidos, edificaciones, sin las parcelaciones de los cultivos, las fincas, las zonas urbanas.
Pero asimismo, y como requisito quizás indispensable para su preservación, Mongolia es una tierra de una dureza extrema. Las temperaturas alcanzan más de 40 ºC en verano para caer por debajo de los -40 ºC en invierno. Los árboles simplemente no existen en la gran mayoría de su territorio, cuyo suelo tampoco es cultivable. En esas condiciones han aprendido a sobrevivir pequeños grupos familiares de nómadas junto con sus cabras, sus yaks y sus caballos.
Mongolia es ver a uno de estos nómadas saltar sobre su caballo y, montando a pelo, dirigirse a galope tendido hacia nosotros, en busca de conversación, de noticias o de trueque. Pero también, como no, para ofrecernos compartir una taza de té en su modesta tienda de piel de yak. Y es que los pueblos que viven en las condiciones más extremas desarrollan también de modo natural una extrema hospitalidad, ¿cómo no aliarse frente a tan poderosos enemigos comunes como el clima, el aislamiento y la escasez de alimento?
En Mongolia la hospitalidad es una sonrisa, un gesto amable y un lugar privilegiado en torno al fuego, pero también es leche agria y agua hervida con trozos cartilaginosos y todavía peludos del viejo cordero que ya no hubiera sobrevivido al próximo invierno. Mongolia es a veces luchar contra la arcada para esbozar una sonrisa ante quienes te ofrecen gustosos lo mejor de lo poco que tienen, antes de lanzarte a por el siguiente sorbo o bocado.


La vida del nómada es de una dureza inimaginable para nosotros, meros visitantes que nos limitamos a los escasos meses de clima benigno. Pero tan dura es para el hombre como cuidadosa es con la tierra. La sostenibilidad de sus costumbres es tal que podrían pasar otros diez siglos y no alterarían su entorno. Su ganado vive del pasto que se regenera cuando los nómadas se desplazan. Del ganado obtienen las pieles con las que fabrican sus ropas y sus tiendas, la leche y la carne con que se alimentan y los excrementos que una vez secos, a falta de madera, nutren sus fuegos. Valiosa lección de este pueblo del pasado para nosotros que consumimos el planeta a pasos agigantados.
Mongolia es despertarte a plena noche y observar, con una claridad que parece irreal, la inmensa estepa y las colinas iluminadas por la luna y las estrellas. Alrededor de nuestra tienda las cabras descansan sobre la hierba y al menor ruido decenas de ojos dirigen su brillo hacia nosotros. El cielo limpio, no hay polución, en cientos de kilómetros no hay una sola luz, que placer tumbarte entre el ganado y observar la Vía Láctea cruzar el firmamento con un resplandor jamás imaginado.











elsolitariomc
3 diciembre, 2011
Bien!!!
Celebro la lectura!!!
milawrence
3 diciembre, 2011
Gracias a vos este lapsus de un mes no se ha extendido más allá. Pisaremos Mongolia juntos alguna vez? Espero que sí!!!!
Octavio
5 diciembre, 2011
Muy bueno, Mongolia debe de marcar, una cultura tan curtida por su climatología y por costumbres ancestrales, deben de marcar bastante.
milawrence
21 diciembre, 2011
Gracias Octavio, la verdad es que es un viaje para no olvidar y me ha aportado entre otras cosas el recordar de vez en cuando ese modo de vida que me gusta contemplar como el “básico”.
A partir de ahí lo podemos enredar, sofisticar o mejorar lo que queramos, pero pensando bien que sacrificamos con cada plus.
Pit
7 diciembre, 2011
Qué bueno. Mongolia es un “must”, un viaje que hay que hacer. Para cuándo yo haga el mío… voy a ir cargado de latas de comida!
milawrence
21 diciembre, 2011
Nosotros nos llevamos un par de sobres de jamón al vacío y un par de latas de fabada. Pues bien, lo creas o no, tan preciados se volvieron esos víveres en mitad de la estepa, tantísimo medimos su uso, que al final nos volvimos a casa con uno de cada. :))
Viajes de Primera
22 diciembre, 2011
Un relato muy evocador y unas fotografías bellísimas! No sabemos si ya lo habrás leído pero, por si acaso, te recomendamos la trilogía de Conn Iggulden sobre Gengis Khan: El lobo de las estepas, El señor de las flechas y Los huesos de las colinas. Un abrazo!
milawrence
22 diciembre, 2011
Hola Javier!! Que bueno verte por aquí!
Muchas gracias por el comentario, me alegro de que te guste. No conocía la trilogía, te agradezco que la compartas, a ver si me animo a leerla. También queda aquí por si alguien está buscando un poco de inspiración para ir a Mongolia.
Un abrazo